El Centro de Arte Contemporáneo de Cuenca inaugura, el próximo 7 de junio a las 19:00h, la exposición CARMEN ÁLVAREZ-COTO:
DE REGRESO A CUENCA [PINTURAS Y DIBUJOS: 1967-2024], muestra comisariada por Alfonso de la Torre

En palabras de Alfonso de la Torre comisario de la exposición:

Treinta años tras su estadía capital en Cuenca, aquí vivió durante dos décadas y donde, entre otros artistas, mantuvo estrecha amistad con Antonio Pérez, es posible contemplar ahora la hermosa exposición de Carmen Álvarez-Coto (Madrid, 1945). Un conjunto de unas cincuenta pinturas, dibujos y estampas (trece pinturas, dieciséis dibujos y diversas obras en vitrina) realizados en los últimos cincuenta años, entre 1967 y 2024, en muchos casos pintados en la propia ciudad de Cuenca, casi frente por frente de esta Fundación Antonio Pérez, donde vivió la pintora junto a Florencio Garrido. Justificado pues este título con carácter de retorno: CARMEN ÁLVAREZ-COTO: DE REGRESO A CUENCA [PINTURAS Y DIBUJOS: 1967-2024].

Primavera de 1984: “un día de sol precioso, tan brillante que hace daño a la vista”, escribía Fernando Zóbel en su último “Diario”, entonando un adiós desde la parte alta, casi extramuros de la ciudad.  Despedida en casa de Carmen Álvarez-Coto, unas semanas antes de la marcha del pintor; suspendido el futuro, no sucederán otros encuentros prometidos aquel día.  Reunión de artistas, el penúltimo sábado que Zóbel pasó en Cuenca se encontró con “Carmina” en un lunch, junto a Florencio Garrido, en aquella hermosa vivienda en la Plaza del Trabuco número nueve, su fachada de doble faz, con firmes piedras colgada como rebosante sobre la austeridad de la hoz del Júcar y sus peñas desgastadas, vecina de José Guerrero.  Aquel era el promontorio de los pintores, un silencioso olimpo, en palabras de José María Moreno Galván.  Cuenca, esa peña abstracta ajena al mundo, barco varado en Castilla, en palabras del crítico: “la ciudad vieja va dibujándose cada día más como una especie de recinto de pintores -el promontorio de los pintores- y de algunos escritores.  En ese olimpo silencioso vive la pintura; abajo circula la vida” (1965).

Se accede al estudio de la pintora entre la roca incrustada en la escalera de la casa, la creadora verá los pájaros en pleno vuelo, un inmueble silencioso retratado, en su belleza verdadera, -tan austera y respetuosa con el pasado: madera, cal, sencillez y blancura-, por la prensa especializada.    Las paredes con pinturas propias mas también de, entre otros, Bonifacio Alfonso, José Guerrero, Gerardo Rueda o Santiago Vera Cañizares.  En los anaqueles libros, en lugares prioritarios un duplo insoslayable: “Cursos de la Bauhaus” de Kandinsky y los “Diarios” de Klee en la edición mexicana de la Biblioteca Era.    No será extraño por ello que se pudiese incluir esa bella morada entre las creadas por el “grupo de acción juvenil” de los pintores que se instalaron en una Cuenca antigua, y entonces renovada, verdaderamente desplazada de un golpe desde el medievo al siglo veinte, en palabras del conquense Juan Ramírez de Lucas, quien no dudaría en considerar aquella casa entre “la antología de hogares (…) sin parangón en ningún otro lugar” (1977).

Carmen Álvarez-Coto pinta allí, cuidadosamente dibuja con finas plumillas de cristal y tintas de colores; se afana en el piso inferior encumbrado que resulta como un nido en el paisaje, Florencio Garrido en lo alto, ambos soñadores colgados frente a la geología de los Ojos de la Mora.  Por todas partes ojos, pues pienso Zóbel aprovecharía la visita para apreciar aquella “lejanía pétrea y cuaternaria del paisaje”, esas vistas queridas del encantado Júcar verdísimo, allá abajo La Playa y el Recreo Peral tantas veces evocado (dibujado en sus “Cuadernos”, pintado y fotografiado hasta el desvanecimiento), en la placidez de los largos veranos conquenses.

Practicante incansada de la pintura y el dibujo, también la estampa, como una forma de autodescubrimiento, secularmente ha mostrado un pensar intenso y profundo.  Tal quien busca la expresión de aquello difícil de hallar en el lenguaje común, puesto que lo exterior es vano, parece sentenciar la pintora, ha ejercido la retirada del ruido del mundo en tanto como artista no ha cejado en esa búsqueda que le ha ocupado siempre, ya desde sus primeros pasos en la pintura.  Ha sido creadora poseedora de un ser secreto revelado en un particular pensar, expresado con frecuencia al modo de un manifiesto elogiador de la interioridad, hace décadas ya a Beatriz Fabián en la prensa conquense: “veo lo que mi mundo me hace ver, porque en realidad lo que un pintor hace a lo largo de su proceso creativo es mirar profundamente hacia dentro, sin dejar de mirar hacia fuera y buscarse a sí mismo (…) la batalla que tiene que librar un pintor es esa búsqueda de sí mismo, ese mundo interior” (1990).  Francisco Calvo Serraller definió el trabajo de Carmen Álvarez-Coto que el de “una belleza misteriosamente serena”.

Resuenan aún aquellas conversaciones de Zóbel con Carmina, en el encalado “salón de visionar”: Oriente o la naturaleza, las vistas y aguas conquenses, también los maestros antiguos, el amor por los materiales de la pintura, en tanto la biblioteca zobeliana permite a la pintora acceder a revistas y publicaciones que revelan el mundo del arte moderno ha tomado todo el orbe.  También diálogos que versan en torno a grabados japoneses o el dibujo, es sabido: sobre este Álvarez-Coto imparte cátedra en la ciudad, conversaciones sobre el papel tentando la posibilidad de la expresión mediante lo levísimo.  La pintura fue siempre eso, espacios reflejos de un diálogo observando cómo una cosa deviene otra, con toda naturalidad, cargada de razón, pues, al final dirá el pintor, todo se transforma en paisaje.

Escuchemos aquel silencio, pues es preciso que la mirada devenga pintura: aguas que corren, radas que tornan de lo especular a la ceniza, nubes que pasan o luces cambiantes, los ojos de Carmen Álvarez-Coto concentrados en la indagación sobre un espacio que, de tal permanente atención, queda disuelto y es ahora un lugar sin límites definidos, sometido, más bien, a la energía de la experiencia interior de ella quien mira y, privilegios de la vista, luego lo interpreta pintando.  Se detiene la hora, nos devuelve el mundo.

La muestra que se inaugura el próximo 7 de junio a las 19:00h, se podrá visitar hasta el 29 de septiembre en la antigua capilla de la Fundación así como en el espacio vitrinas.

Tras finalizar el acto de inauguración del día 7 de junio los asistentes podrán disfrutar de un concierto de Bas Kisjes Big Band.