
FAP OTROS ESPACIOS
La Sala de Princesa Zaida del Museo Provincial de Cuenca de la JCCM, exhibirá la exposición Bonifacio Alfonso, Grabado y Pintura en la Colección de la Fundación Antonio Pérez, muestra que exhibe una pequeña selección de la obra de Bonifacio conservada en los fondos de la FAP, uno de los pintores más interesantes, coherentes y, sin embargo, menos conocidos del último cuarto del siglo XX. Un pintor prolífico, un gran dibujante y un grabador de enorme calidad.
Bonifacio Alfonso, Grabado y Pintura en la Colección de la Fundación Antonio Pérez, muestra una pequeña selección de la obra de Bonifacio conservada en los fondos de la FAP, pinturas sobre tela y papel, así como grabados realizados en técnicas como la litografía, el aguafuerte o la serigrafía y se complementa con la carpeta de aguafuertes, Sopas y Manjares.
Bonifacio (San Sebastián, 1933–2011) es uno de los pintores más interesantes, coherentes y, sin embargo, menos conocidos del último cuarto del siglo XX. Un pintor prolífico, un gran dibujante y un grabador de enorme calidad que estuvo muy ligado a Cuenca, ciudad a la que llegó, como casi todos los que lo hicieron en aquellos años, atraído por el influjo del Museo de Arte Abstracto. En 1967 Fernando Zóbel lo conoció en Bilbao, descubrió su gran potencial y le animó a trasladarse a la ciudad, donde se instaló durante veintiocho años y estableció su estudio en la calle del Trabuco. En Cuenca aprendió a grabar con Antonio Lorenzo y mantuvo relación, entre otros, con Saura, Millares, Guerrero, Torner, Gerardo Rueda, Sempere o Rivera, además de consolidar una gran amistad con Antonio Pérez.
Artista de prolífica trayectoria y extenso currículum, comenzó a dibujar y colorear siendo niño y, con apenas catorce años, empezó a trabajar, compaginando su afición a la pintura con múltiples oficios, que abandonó al llegar a la treintena para dedicarse en exclusiva a pintar. A través de su obra, podemos admirar sus procesos creativos: cómo construye constantemente, corrige, deshace y difumina; cómo el azar, la improvisación y el desorden ordenado constituyen el leitmotiv de su obra; y cómo se sirve de diversos materiales para la creación de sus cuadros: lápices blandos, materiales grasos, collages, etc.

Sus obras son reflejo de la experimentación y de la aglomeración de imágenes. Están impregnadas de un constante horror vacui que delata el miedo de Bonifacio a los espacios sin pintar. Las superficies están repletas de un dinamismo minucioso provocado por una gestualidad que solo encuentra límite en la propia superficie pictórica: telas, tablas, papel, grabados o collages.
Durante sus años en Cuenca cultivó una gran pasión por la entomología y la pesca, convirtiéndo los insectos en protagonistas de muchas de sus obras. Los cazaba y luego los utilizaba como modelo para sus dibujos y grabados, realizados con minuciosa precisión. Así, personajes, objetos y animales habitan espacios indefinidos en su universo plástico. Muchas de sus obras están dominadas por el sexo, el erotismo y el deseo, tanto de personajes masculinos y femeninos como de monstruos. Sus cuadros están plagados de seres extraños y deformes, formas e imágenes que surgen de una imaginación delirante, llena de fantasmas y obsesiones, fruto de una observación constante del mundo y de la vida que le rodea. Sus cuadros son investigaciones y experimentos constantes; reflejan problemas, dudas e inseguridades nacidos de otras realidades.
Su obra, como él mismo confesaba, se encuentra cercana a las pinturas rupestres de Altamira y a las esculturas africanas. Muchos autores la han equiparado con la del pintor y poeta chileno Roberto Matta, aunque Bonifacio mostró también abiertamente su interés por Antonio Saura, el grupo Cobra —especialmente Asger Jorn—, Gorky, De Kooning, la libertad gestual de Jackson Pollock, el mundo mágico de Wilfredo Lam y otros artistas de la nueva figuración.






