Lo que comenzó en los bolsillos de un pantalón de pana, como siempre nos cuenta Antonio, hoy se ha convertido en uno de los museos más importantes de arte contemporáneo de nuestro país; pero, sobre todo, se ha convertido en un proyecto común, en una gran familia, gracias a la unión de Antonio con cada uno de los creadores representados en el museo.

La labor que Antonio Pérez ha desarrollado durante toda su vida como coleccionista y editor ha sido muy conocida y difundida tras la inauguración en 1998 de la Fundación que lleva su nombre, momento en el cual se empezó a difundir otra de sus facetas que hasta entonces había sido relegada a un segundo plano: su faceta artística.

Natural de Sigüenza (Guadalajara), Antonio Pérez llegó por primera vez a la ciudad de Cuenca a finales de los años 50. En este primer viaje conoció a Manolo Millares y a Antonio Saura, con los que mantuvo una gran amistad, y gracias a los cuales comenzó su colección, tal y como nos narra en la primera sala de la Fundación el propio Antonio en una frase. En esta sala también podemos contemplar en una vitrina los primeros regalos que recibió de ambos: un dibujo de Saura titulado El Ángel de Cuenca y un texto de Millares.

Cuenca, en aquellos años en los que aterrizó Antonio, era una ciudad que vivía la cultura y el arte como nunca, que veía aparecer por sus calles a poetas, artistas plásticos, cineastas, etc., llegados gracias a Gustavo Torner. Este último tuvo el empeño por conseguir traer a la ciudad a uno de los artistas más relevantes del momento, que finalmente llegó y la cambió para siempre: Fernando Zóbel. Con él empezó todo, ya que Zóbel fue el responsable de crear la primera piedra, el primer eslabón, el Museo de Arte Abstracto Español. Tras este museo se gestó una estela cultural sin precedentes en España.