16 de mayo - 23 de junio 2014

Centro de Arte Contemporáneo/ Cuenca


Prácticamente desde que tengo uso de razón, o incluso un poco antes, he sido un enamorado de la naturaleza. Mi madre, nació en Huélamo, un pueblecito de la Serranía Conquense que linda en sus territorios forestales con la provincia de Teruel. Allí pasé los fines de semana y veranos de mi infancia, y me encanta volver a hacerlo siempre que puedo. Recuerdo como si no hubiese pasado mucho tiempo desde entonces mis primeros paseos por el campo, en busca de setas y hongos, níscalos o mizclos, como allí les llamamos, boletus de cualquier variedad, setas de cardo, champiñones, colmenillas y demás especies que mi padre dejaba de cortar para que yo lo hiciera, explicándome cuáles eran buenas y cuáles no tanto. Recuerdo también los kilómetros y kilómetros de carriles y caminos, incluso en ocasiones, ni siquiera eso, recorridos sentado en el cajón que iba entre los asientos del piloto y copiloto del destartalado Land Rover de mis tíos, en busca de alguna que otra oveja o cabra que se había apartado del redil y no sabía cómo volver. Las interminables cuestas arriba y las fugaces y peligrosas cuestas abajo, subido en el incómodo sillín de mi Orbea amarilla. El olor a tierra mojada, a juma de pino, al río, a madera, a paja… Si no llevaba la cesta de recoger hongos, llevaba una mochila con un bocadillo, como mi abuelo Luís, al que tanto echo de menos. Su morral de cuero tenía algo especial que me hacía envidiarlo. Recogía pequeños tesoros en mi mochila, los cuales, por unas cosas o por otras, acababan en casa, en algún cajón de la mesita. Pequeños trozos de toba, rocas de las cuales yo estaba convencidísimo que eran fósiles, clavos o escarpias de forja de algún pajar viejo, restos de la escoria procedente de la herrería de al lado del río, palos largos y rectos en los que me apoyaba para andar por el campo, y latas. Esas latas oxidadas, de color marrón oscuro, en ocasiones sólo por un lado, intentando el otro resistir y brillar, con la tapa puesta, a medio abrir, y a veces con una llave que se usaba para quitar la parte superior. Éstas las guardaba en una bolsa de plástico que solía

llevar minuciosamente plegada en uno de los bolsillos de la mochila, para al llegar al pueblo o a casa tirarlas a la basura. Siempre me han inculcado unos valores de respeto y reciclaje hacia la naturaleza que hoy en día agradezco enormemente a mis padres.

 

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Pero no sólo eran por el campo los paseos, sino también por Cuenca, la ciudad donde nací y donde vivo actualmente. Cuenca para mí tiene algo especial que me hace que me cueste mucho separarme de ella. Es una ciudad tranquila, pequeña. Me encantan las cosas pequeñas.Me gusta pasear por Cuenca, sobre todo los días grises, en los que hace frío y llueve, solo y sin paraguas. Es cuando menos gente sale a pasear, y cuando más fructíferos pienso que son los paseos, puesto que dan pie a pensar. Los que más recuerdo, o mejor dicho, con menos preocupaciones, son los que daba con mis padres y mi hermano por la parte antigua de la ciudad, puesto que tenían un añadido. Cuando subíamos al Casco Antiguo, no era simplemente para pasear, siempre iba acompañado de alguna actividad que despertaba mi interés y hacía que me quedase con ese recuerdo: las visitas a los belenes, los cursos de manualidades, Semana Santa, los talleres de pintura, la vaquilla… Me encantaba dibujar después, al llegar a casa, lo que recordaba del paseo de ese mismo día. La mayor parte de mis salidas a la parte antigua tenían que ver con una actividad creativa, y el hecho de realizar una actividad de ese tipo me motivaba a seguir haciendo otras de la misma índole.

Mi tía Rosa, por aquello de ser el mayor de un buen número de sobrinos, me usaba a veces como conejillo de indias, y me regaló un cuaderno en el que tenía que dibujar lo que quisiera, pero no podía arrancar las hojas, porque más que un cuaderno parecía un libro. Yo no entendía qué tenía de cuaderno aquel libro en blanco, los cuadernos que yo usaba tenían anillas, dos renglones y márgen. Me lo tomé bastante en serio, era para mí una especie de diario en el que todos los días dibujaba algo nuevo, hasta que llegó un momento en el que dejé de hacer aquellos dibujos. Me obsesionaba no saber darle una sensación de profundidad a los edificios en el papel. (Hoy en día, creo que me sigue pasando, quizá por eso trabajo casi siempre la escultura.)

Jugando con estos elementos y otros tantos, he querido plantear un diálogo, captar el instante, el momento fugaz en el que algo ocurre, dándole una vuelta de tuerca y un significado especial a todo aquello que se tiene alrededor cuando ésto sucede.

Jose Luis Vieco Pérez

Cuenca, 2014

 

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