29 de septiembre - 25 de noviembre de 2012

Museo de Obra Gráfica de San Clemente 


Alfredo Bikondoa, artista plástico de lo profundo y lo absoluto, investigador de la realidad

 

última, creador de muy diversos registros, donde fragmentos y conexiones constituyen dos palabras clave. Cada una de sus creaciones se presenta como la parte visible de un saber fragmentario – paradigmático de nuestro tiempo-. Pero, asimismo, todas sus series se nos aparecen como un continuum sutilmente interconectado a una ambición de totalidad. Así Bikondoa nos presenta en las sedes de la Fundación Antonio Pérez dos homenajes, a Santa Teresa de Jesús y al célebre poeta francés Paul Valéry, y un diálogo/encuentro, con la obra y pensamiento de Antonio Pérez. Tres series distintas con un nexo común: su ahondamiento en el mundo del espíritu, todas ellas pertenecientes a un mismo proyecto: Ni Nirvana, Ni Samsara.

 

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SIETE MORADAS Y UN MISTERIO PARA TERESA

 

Manifiesto homenaje a la mística Santa Teresa, quien dedicó su vida a una ascesis personal y espiritual y quien dejó un fascinante legado: Las Moradas

 

Alfredo Bikondoa, gran y meticuloso lector, -autor él mismo de textos poéticos que explican, y glosan sus obras plásticas -, conoció desde muy joven el cementerio valeryano. En él profundizó, al igual que en la cultura contemporánea francesa, durantes sus varias y prolongadas estancias en el París de los 70. Fueron los años de sus inicios, y luego de su afianzamiento, como uno de los artistas más interesantes del momento.  Fue entonces cuando Bikondoa, en 1981, decidió aparcar su carrera y su éxito, para iniciar una trayectoria de búsqueda interior por los caminos del zen y la meditación, que le llevó, en un nomadismo de estudio introspectivo, a trabajar con maestros y en centros de meditación de Japón, Europa y EEUU.

Es a partir de 1998, tras diecisiete años de voluntario silencio artístico, cuando Bikondoa recomienza su carrera "pública" como artista plástico y cuando se reencuentra con El cementerio marino, consciente de las concomitancias asombrosas que se daban entre su propia trayectoria y la del poeta francés. En efecto, -como señala Gustave Cohen, el crítico literario mejor conocedor y estudioso de la obra y la vida de Valéry,- "… entre 1892 y 1913, fenómeno casi único en la historia literaria, Paul Valéry permaneció en silencio para concentrarse durante veinte años, en la meditación solitaria sobre las transformaciones del alma y las formas de su actividad creadora en estado de vigilia o de sueño, cuyos resultados plasmó, en 1920, en el estremecimiento y en los ritmos de la poética confidencia personal que emerge de los versos de El cementerio marino".

Como Valéry, Bikondoa, salido de su largo letargo meditativo, renacido y renovado para la acción, busca, necesita expresarse yendo más allá de la apariencia formal, y -de nuevo citando a Cohen- "… sustituir la expresión directa de la imagen, por la expresión de una realidad más profunda a través de imágenes sucesivas y sugestivas nacidas por asociación de ideas". 

Es el momento para Bikondoa de dar vía libre, -en los surcos, las incisiones, las esquirlas, los contrastes cromáticos, los lodos marinos y los ecos metálicos que se generan en su "confrontación física" con los materiales empleados en sus obras-, a "su" expresión de las visiones surgidas de su lectura, atenta y apasionada, de El cementerio marino.

 

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